Según la clasificación del DSM-V, la hipocondría, es denominada ahora como un trastorno de ansiedad hacia la enfermedad, recogida dentro de los trastornos de síntomas somáticos.

La hipocondría se fundamenta sobre tres pilares básicos; miedo, preocupación y/o creencia real:

  • Miedo excesivo a padecer y/o desarrollar una enfermedad, de consecuencias graves e incluso mortales.
  • Desarrollar una preocupación excesiva por creer que se padece dicha enfermedad o se pudiera contraer en el futuro.
  • Tener la firme creencia y la certeza de que, la persona posee realmente esa enfermedad, aun siendo esto completamente falso.

El paciente hipocondriaco, desarrolla una preocupación excesiva, se cuida en exceso y presta demasiada atención a su cuerpo, generando hipervigilancia ante cualquier sensación física. Uno de los rasgos comunes de la persona hipocondríaca, son los continuos peregrinajes por las consultas de Atención Primaria, solicitando hacerse pruebas médicas para asegurarse de que no padecen la enfermedad temida, no quedando nunca satisfecha la persona, cuando los resultados demuestran que no existe patología alguna.

La fundamentación psicológica a este tipo de conducta estima que, se produce una repetición en el tiempo por efecto del reforzamiento negativo de la misma. La ansiedad base, disminuye en parte o por completo tras la valoración médica, entonces el paciente asume que, insistiendo, e incluso a veces, llegando a dramatizar, es capaz de obtener la información “tranquilizadora”.

Aunque en la investigación científica no hay una génesis clara, los factores desencadenantes que precipitan la aparición del trastorno hipocondríaco, se relacionan con, apego preocupado, el estrés psicosocial, experiencias traumáticas, la muerte de algún familiar o persona cercana, y posibles enfermedades sufridas en la infancia. Además, en su desarrollo, aparece comorbilidad con cuadros de ansiedad, depresión y trastornos somatomorfos.